Por entonces tenía casi 11 años. La recuerdo como una mañana de sol, a aquella en la que fuimos con mi hermano Emilio a la librería de Alberto Casares, creo que en la calle Arenales.
Habían pasado cuatro días del triunfo ante Bulgaria, pero faltaban ocho para la mano de Dios y nadie se la imaginaba.
Al día siguiente era el día del padre y estabamos buscando un regalo para mi viejo. Emilio llevaba la voz cantante y trabó diálogo con Alberto, que le recomendaba cosas previo a elegir los Setenta Artículos de Descartes (después supe que los sentidos engañan, y que el autor no es René).
En un escritorio del fondo, entre libros, un señor mayor leía iluminado por una lámpara que recuerdo de bronce y cristal verde, de estilo inglés (pero porque me gusta esa lámpara, no porque mis recuerdos sean precisos).
Ring. El sonido particular de aquel teléfono negro de Entel condujo la vista de los cuatro presentes hacia el escritorio. El padre del librero ínterrumpió su lectura para atender, y mi atención volvió hacia las palabras del barbado anfitrión.
La conversación telefónica no fue extensa y algún ademán, cierta expresión o vaya uno a saber qué conexión invisible hizo que Alberto dejara de hablarnos para preguntarle a su padre qué pasaba.
Con la mirada nubosa y retrovisora, Bioy deslizó un susurro:
-Parece que murió Borges.
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Hace 9 años